La perdida virginidad de los moños

Cultura

Por César Bracamonte

A Natividad la perjudicó el amarillo. Sentada bajo el dominio de su abuela que en horas de amanecer le esculpia dos trenzas, (siempre la derecha más justa, pues la vetusta mujer es zurda), la jovencita soporta los tirones pensando en Simplicio, que la espera agazapado en la sombra de un Mamón macho fumando una colilla que guardó ayer.

Agripina amenaza a Natividad con la barriga, le habla de su experiencia en la misma flor de su edad y de Raúl Pachano, el joven que le desgració la cintura, pero Natividad solo piensa en el corazón que parece latir en su entrepierna.

Ya en marcha, Natividad ignora el nombre aún de Juan Simón, su primogénito, también descarta la posibilidad de la eternidad de su abuela, recurre a su poder de cenicienta virgen que estallará en la bragueta medio abierta de Simplicio, por lo que ella creyó que era el amor y que se basa en la retorica vespertina de su abuela que sentencia siempre al borde de las ocho: el amor es duro.

Ya a las nueve la vieja la persigna en murmullos, se santigüa ella y besa la punta de unos dedos que parecen topochos niños, la vigía desde la puerta hasta su figura desaparece en un recodo y Natividad marcha a Simplicio Ramón Arenales Guedes y a su bragüeta donde tiene el corazón, y ella, Agripina Terán Gallardo a la muerte.

Ese mismo día de octubre, cuando Simplicio (jipato y amarillo) traspasaba a Natividad sobre sus dos trenzas casi desechas.

Ilustración: Enrique Colina