Lo que tu coach de amor propio no te contó sobre el “Llorarás” de Oscar D’León

Opiniones

La psicología clínica bienpensante, esa que hoy se vende en cómodas cuotas de coaching identitario, manuales de amor propio y aplicaciones de meditación para ejecutivos ansiosos, insiste en que el dolor es un simple error de gestión. Un desajuste de software.

Si te rompen el corazón en pleno siglo XXI, el imperativo categórico del «Psistema» hegemónico te exige un luto limpio, higiénico, casi gerencial: borra las fotos, bloquea el contacto, decreta tu valor frente al espejo mientras tomas un latte de avena y, por lo que más quieras, «pasa la página».

Sin embargo, en el mundo real —ese que huele a asfalto, sudor y frustración—, ese esfuerzo voluntario por decretar el olvido es el equivalente a intentar apagar un incendio forestal soplando con fuerza: una soberana estupidez que sólo oxigena la flama. Lo saben los barrios, lo saben las abuelas, lo saben los soneros. Y lo supo, con una lucidez que asusta, Oscar D’León en 1975, cuando grabó «Llorarás» sin pedirle permiso a la academia, ni a los gurús del bienestar.

La crónica de la neurosis arranca con una fachada defensiva impecable. El narrador se presenta ante su audiencia —y ante sí mismo— entonando la gran solución del manual del orgulloso: «Sé que tú no quieres, que yo a ti te quiera, siempre tu me esquivas, de alguna manera «.

Es la mentira perfecta, la coraza del que ha leído dos hilos en Twitter sobre desapego y se presenta en la pista sonriendo rígidamente, asegurando que el colapso ya está superado. «Eso ya pasó», se repite como un mantra, intentando domesticar el deseo con lógica cartesiana.

Pero el guaguancó, que es una epistemología del Sur hecha carne y cuero, no se deja engañar por el disfraz de la indiferencia. Y aquí es donde la mayoría de las lecturas se equivocan, porque se quedan en la superficie de la venganza.

Escuchan «Llorarás, y llorarás sin nadie que te consuele» y creen ver a un amante resentido restregándole a su ex pareja una derrota anunciada. Pero eso es no entender nada. Eso es mirar la salsa con ojos imperiales, con la misma lógica individualista que reduce todo a un duelo entre egos. Lo que hace Oscar D’León es mucho más fino, mucho más radical y profundamente comunitario: está redistribuyendo el poder emocional.

¿Qué poder? El poder de sentir, de nombrar el daño y de dejar de esconderlo. Durante la primera parte de la canción, el protagonista ha intentado ejercer un poder falso: el control absoluto sobre sus emociones, la negación del sufrimiento. Ese poder es una trampa porque lo aísla, lo convierte en un carcelero de su propio corazón.

Pero cuando irrumpe el estribillo, el poder cambia de manos. Ya no es el individuo contra su propia tristeza, sino el individuo que se sabe parte de un coro, de una orquesta, de un pueblo que ha llorado antes y que ha convertido el llanto en ritmo.

«Llorarás» no es una condena; es una profecía liberadora. Te va a doler, y eso está bien, porque el dolor es la prueba de que lo que viviste fue real y de que estás vivo para contarlo. Fíjate bien: la canción no dice «sufrirás para siempre y yo me alegraré». Dice «así te darás de cuenta que si te engañan, duele». Te llegará la conciencia. Y esa conciencia no es para que el otro se regodee, es para que tú recuperes tu verdad.

En la economía del despecho, quien rompe el vínculo se lleva el botín de la indiferencia y te deja a ti la carga de la negación y la vergüenza. Llorarás le da la vuelta a ese reparto: el que va a llorar no es un perdedor, es alguien que por fin va a sentir, que va a dejar caer la fachada y, al hacerlo, va a recuperar su humanidad completa.

Las psicologías críticas y comunitarias, esas que han nacido en el Sur Global al calor de las luchas contra la opresión, nos enseñan que la salud mental no es un bien de consumo individual, sino una construcción social. Ignacio Martín-Baró, el psicólogo social salvadoreño asesinado por pensar distinto, insistía en que el trauma no se cura en el diván, sino en la recuperación del tejido social roto.

Frantz Fanon, desde la trinchera anticolonial, entendió que la primera violencia del colonizador es
arrebatarle al colonizado su derecho a narrar su propio sufrimiento. Pues bien, Llorarás hace exactamente lo contrario: le devuelve al doliente la capacidad de contar su historia con sus propias palabras y con su propio ritmo, sin que ningún
experto externo le dicte cómo debe sentirse.

Eso es poder. No es venganza, es soberanía emocional. Es la diferencia entre «me las pagarás» y «vas a entender lo que yo ya sé». La primera es una condena que mantiene el vínculo desde el rencor; la segunda es una afirmación de la propia experiencia que corta el cordón de la dependencia. Cuando Oscar canta «así te darás de cuenta que si te engañan, duele», no está esperando que el otro regrese arrastrándose.

Le está deseando, en el mejor de los sentidos, que aprenda lo que él ya ha aprendido. Y al hacerlo, se libera de la necesidad de explicarle nada. La profecía no necesita cumplirse para que funcione: funciona en el mismo instante en que el que canta se apropia de su verdad.

La salud mental comunitaria del Caribe urbano no entiende de cierre de ciclos con velas aromáticas. Entiende de montunos, de descargas, de llantos que se bailan y se sudan. En esa pista, el poder no lo tiene el que se fue, ni siquiera el que canta. El poder lo tiene la colectividad que sostiene al que sufre y le recuerda que su dolor no es una avería, sino un ritmo más en la gran orquesta de la vida. Llorarás es una invitación a tomar ese poder, a dejar de pelear contra las paredes del orgullo y a permitir que el fantasma del desamor baile con nosotros hasta que se quede sin aire.

Al final, cuando el cencerro calla, lo que queda en la pista no es un paciente diagnosticado ni un resentido justiciero. Es un cuerpo soberano, listo para la siguiente descarga, que ha recuperado su derecho a sentir sin pedir disculpas. Eso, y no otra cosa, es la verdadera revolución decolonial de la salsa: habernos devuelto el poder sobre nuestras propias lágrimas. Y eso, queridos lectores, no se logra bloqueando contactos ni decretando olvidos. Se logra saliendo a la pista, rodeado de los tuyos, y cantando a todo pulmón que sí, que duele, pero que ya no te escondes.