El camino siempre era el mismo; no había otro. Cheo guardaba ese domingo para subir al páramo y traer a casa una sorpresa.
Era siempre ese trayecto que se desprendía desde la plaza del centro de Mérida hacia allá arriba. Lo esperaban esas movedizas praderas del cielo, como solía decirle Mireya Crispín al paisaje de sus ojos.
La brisa solía viajar térmicamente; iba cambiando los follajes y, a la vez, se iba achicando la ruta. Comúnmente, ese camino era de seres luminosos, desterrados del manicomio del capitalismo, y de sembradores de papas y hortalizas.
Algunos montes eran dorados o amarronados como el café tostado que suele aromar el alba de las comarcas que él, en su movimiento, iba dejando entre farallones y cielos que se miraban hacia abajo.
Cheo no podía dejar de visitar a Patroclo en uno de esos pueblos de nombres cortos que pueblan la sierra andina venezolana. Patroclo, un viejo amigo y compañero de cuando era profesor en la Universidad Central y también en el «París tropical» del paseo Humboldt de Mérida. Allí solían encontrarse varios seres gigantes con alma de niño que seguían jugando a la rayuela que les dejó Cortázar en su visita de barbas repetidas en aquellos moribundos setenta.
Patroclo había decidido, después de haber ejercido como profesor de filosofía, que era tiempo de regresar el tiempo hacia él. Volvió un día a la niñez y se vio solo, desprovisto y sin alguien que le cuidara. Completó con retazos una casa de madera y comenzó a tallar tardes, amigos y juguetes.
Cheo le pedía a Patroclo entre visitas que con sus buriles hiciera algunas muecas nuevas en su frente. Sabía Cheo que Patroclo, como niño, tallaba mejor las arrugas y hacía unos duendes de madera que, según decían los vecinos, se veían correr por el bosque después de las siete de la noche.
De cada visita que hacía Cheo a Patroclo traía consigo juguetes mágicos, con ciertos dotes que urdían algunos elementos de la vida. Algunos jugaban con fuego: un molino movido por una columna de aire caliente mientras el agua circulaba en una fuente de agua alterna, donde unos duendes tallados en madera parecían vivos alrededor del molino trabajando en olvidados oficios. Había papagayos con círculos concéntricos que elevaban, serpentinamente, un grabado encontrado en alguna piedra por Jackeline Clarac o el viejo Cruxent.
Recuerdo con gracia un juguete que mostraba a varias ranas que cantaban mientras les caía una ráfaga de agua.
Un domingo de esos, después de reunirse en ese paseo frente al medallón de Humboldt con Ramón Palomares, Orlando Pichardo y Gonzalo Fragui, Cheo decide llevarlos a encontrarse con Patroclo. Los convenció diciendo que el mismo Patroclo preparaba unos pasteles de trucha y jugo de mora, la tentación pudo con ellos.
Cheo, contento, iba tejiendo el camino mientras la luz se hacía más intensa y la temperatura disminuía en la piel de los cuatro. Salió de la vía, ya achicada por el frío, y al cruzar se abrió una casa hecha de retazos de viejos caminos y latas coloridas. La casa no era un sitio palpable; todos enmudecieron al mirar el lugar que intentaba no serlo.
Patroclo salió entre gallinas a encontrarse con la visita. No dijo una sola palabra; sería el viento el que hablara esa mañana. Salió de su «cascada» con cuatro trompos de orejas filosas.
Cheo le dijo en voz alta y cortante:
—Patroclo, ¿me vais a salir con estos trompitos? Siempre me sorprendeis con vainas increíbles, pero esto no, chico.
Patroclo miró a Cheo y le entregó a cada uno un trompo. Les sugirió que lo lanzaran en el momento que él indicara. Miró y pidió con su mirada de niño a Palomares que soltara el primero; este comenzó una danza fuerte con un zumbido grave. Miró a Fragui; ya este la tenía clara, tiró el trompo y, al rozar el viento, comenzó otra danza un poco menos grave. Ambos generaban una sensación de ausencia pero se sentía la búsqueda de un acorde. Miró a Orlando, y este lanzó de una vez su trompo orejón, el cual se unió en perfecta armonía creando una tríada armónica fuerte que enfrentaba el cansancio. Patroclo miró a Cheo y este lanzó finalmente su trompo, el más chico pero también orejón.
Sorprendidos quedaron todos, menos Patroclo, quien sabía que esa mañana terminaría en Sol Mayor.
Gustavo Colina Vargas
11 de abril de 2026
