La coreografía del desastre: Por qué Héctor Lavoe es nuestro mejor psiquiatra

Opiniones

Por: Dr. Elías González Mendoza

La modernidad tardía ha impuesto una tiranía del bienestar que es, en esencia, una forma de higienismo emocional. El dogma vigente —esa amalgama de coaching ontológico y mercantilismo espiritual— dicta que la sanación del trauma es un proceso aséptico. Para el canon occidental contemporáneo, la resolución de la angustia existencial requiere necesariamente de un entorno controlado: un mat de caucho orgánico, una iluminación tenue, humo de palo santo inhalado hasta rozar la hipoxia y una lista de reproducción de cuencos tibetanos vibrando a unos exactos 432 Hz. Se nos dice que el dolor debe ser «procesado» en el silencio monacal de la introspección, como si la psique humana fuera un laboratorio suizo donde cualquier ruido externo contaminara la muestra.

Sin embargo, el Caribe —ese laboratorio de la precariedad y la resistencia— resolvió la gestión de la salud mental hace décadas con un método significativamente menos higiénico, pero estadísticamente más robusto. Mientras la academia europea se devanaba los sesos entre el diván y la fenomenología, el trópico diseñó un protocolo de choque: confinar a un centenar de individuos con crisis de liquidez y orfandad afectiva en un recinto sin ventilación mecánica, administrarles dosis generosas de destilados de caña y obligarlos a sincronizar sus neurosis mediante un patrón rítmico de 4/4.

La disonancia cognitiva como patrimonio cultural

Desde una perspectiva estrictamente clínica, la salsa brava es una anomalía fascinante, una monumental disonancia cognitiva elevada a la categoría de arte. El cerebro del oyente decodifica una narrativa que, en cualquier otro contexto, activaría los protocolos de prevención del suicidio o, al menos, una consulta de urgencia por depresión mayor. Estamos ante líricas que relatan la miseria estructural, el abandono filial, la traición cínica o el desenlace fatal de un atraco a mano armada en las esquinas de una urbe hostil.

Piénsese en «Pedro Navaja». Es, técnicamente, una crónica roja sobre la violencia urbana y la futilidad de la existencia. No obstante, el cuerpo del sujeto no responde con la parálisis del miedo o la pesadumbre del duelo; responde ejecutando una coreografía euforizante de pies y hombros. Si Sigmund Freud hubiera nacido en San Agustin o hubiera caminado las calles de Cali en los setenta, se habría ahorrado décadas de tratados sobre la sublimación. Le habría bastado con observar cómo el ciudadano promedio transmuta su pulsión de muerte en una figura de nivel avanzado. En nuestra latitud, no curamos la neurosis: la coreografiamos con un solo de trombón.

Héctor Lavoe: El Santo Patrono de la Depresión Sonriente

En este panteón de la psiquiatría rítmica, emerge la figura de Héctor Juan Pérez Martínez, el «Rey de la Puntualidad» y, a mi juicio, el clínico comunitario más importante de la salsa que ha dado el hemisferio occidental sin pasar por una facultad de medicina. Su obra no es una discografía; es un tratado de patología social.

Tomemos «El Cantante». No es una simple canción de éxito; es el DSM-5 con maracas. Cuando Rubén Blades le entregó esa autopsia en vida a Lavoe, no le dio una partitura, le dio un espejo. Héctor la interpretó con un cinismo tan refinado y un swing tan visceral que logró que el espectador se convirtiera en cómplice de su propio canibalismo emocional. Hoy, décadas después, el fenómeno se repite de forma casi religiosa: un oficinista con el sueldo embargado, una crisis de identidad galopante y el corazón hecho trizas, levanta su vaso de plástico a las tres de la mañana y grita, en un estado de trance dionisíaco: “¡Y nadie pregunta, si sufro, si lloro / si tengo una pena que hiere muy hondo!”.

Es el triunfo absoluto de la exteriorización del duelo. En lugar de rumiar la tragedia en la soledad patética de una habitación oscura —donde el dolor tiende a gangrenarse—, la cultura caribeña optó por el espectáculo público. Es una forma de «desprivatizar» el sufrimiento.