En la solemnidad de los congresos académicos, donde las diapositivas son más largas que los aplausos y los ponentes compiten por quién cita más autores europeos, la risa suele ser vista como una intrusa. Un acto “poco serio”, “impropio” o, peor aún, “no científico”.
Sin embargo, la historia nos recuerda que muchas revoluciones nacieron entre carcajadas: las del pueblo burlándose de sus opresores, las de artistas ridiculizando reyes, las de comunidades enteras que resistieron a la colonización mediante la burla, el canto y la parodia.
Este artículo intenta proponer una idea subversiva: la risa no solo es terapéutica, es también un acto decolonial.
Y el payaso —sí, el payaso— puede ser un maestro epistemológico.
La risa como desobediencia cognitiva
Vivimos en sociedades que veneran la “seriedad” como sinónimo de autoridad. Mientras más grave el rostro, más respeto genera la figura.
Las universidades, herederas de tradiciones coloniales, no escapan de este ritual: aulas silenciosas, discursos verticales y un conocimiento “neutral” que, curiosamente, siempre termina favoreciendo las estructuras de poder que lo financian. En este contexto, reír es un acto político.
La risa es disruptiva porque quiebra el control. Reírse en un examen rompe el pacto tácito de solemnidad; reírse del colonizador desarma su discurso de superioridad; reírse de la propia opresión permite transformarla en fuerza.
La risa no es evasión: es pedagogía insurgente. Si la colonialidad del poder y del saber pretende moldear cuerpos dóciles, la carcajada es un sobresalto que descoloca al dominador.
El sociólogo Boaventura de Sousa Santos, en sus reflexiones sobre epistemologías del Sur, habla de la necesidad de una “ecología de saberes” que desmonte el mito de la universalidad. Podríamos añadir que esta ecología no solo es intelectual, también es emocional.
¿Cómo construir un mundo pluriversal si seguimos enseñando desde el ceño fruncido?
El payaso como figura política
El payaso es una de las imágenes más potentes de la historia cultural. Nació como bufón de la corte, no para entretener al pueblo sino para burlarse del poder frente a él mismo. Su oficio era el de la irreverencia: decía lo que nadie podía decir.
Hoy, en muchos pueblos latinoamericanos, la tradición del payaso, el clown, el cuentachiste o el alma de la fiesta sigue cumpliendo esa función: desarmar el miedo, cuestionar las jerarquías y devolver la risa como herramienta de resistencia.
El payaso no solo hace reír; enseña a mirar el mundo desde abajo. Su nariz roja es un manifiesto de vulnerabilidad: no pretende saberlo todo ni tener el control.
En un mundo académico obsesionado con títulos y credenciales, el payaso se atreve a no saber, a fallar en público, a desestabilizar el mito del experto. Y eso es profundamente decolonial.
Freud, que intentó analizarlo todo, también escribió sobre el chiste. Pero su enfoque, como buen vienés de principios del siglo XX, quedó atrapado en salones europeos donde la risa se estudiaba como síntoma, no como herramienta política.
Las culturas indígenas y afrodescendientes, en cambio, han utilizado el humor como medicina ancestral: la carcajada como exorcismo colectivo.
En comunidades del Caribe, por ejemplo, las fiestas patronales y carnavales funcionan como catarsis popular. Allí se invierte el orden social: los pobres se disfrazan de reyes, los líderes son ridiculizados, los cuerpos se liberan en danza.
La risa y el ritmo crean salud mental colectiva. Pero cuando el saber hegemónico estudia estos fenómenos, los etiqueta como “folclore” o “rituales”, es decir, objetos de análisis, no fuentes de conocimiento.
Por eso, hablar de payasos epistemológicos es un acto de justicia: reconocer que en esos cuerpos pintados y risueños hay pensamiento crítico y sanación.
El consultorio de la carcajada
Los sistemas de salud mental colonizados tienden a medicalizar todo.
Ansiedad, depresión, estrés: pastilla para cada mal. Mientras tanto, terapias comunitarias basadas en el humor siguen siendo vistas como entretenimiento. ¿Por qué seguimos creyendo que la salud solo se construye desde la seriedad?
En barrios populares de América Latina, los payasos no solo animan fiestas infantiles: trabajan en hospitales, cárceles y comunidades en crisis.
Su intervención no es “alternativa”, es efectiva. Generan vínculo, reducen el miedo, crean espacios de confianza. Si las instituciones académicas fueran menos arrogantes, estos saberes populares serían parte del currículo universitario.
La risa no sustituye la terapia, pero la potencia. Es más, el humor desarma las jerarquías del consultorio: psicólogo y paciente pueden encontrarse en horizontalidad cuando ambos ríen.
Esa horizontalidad es profundamente sincera, porque desmonta el modelo colonial de autoridad médica.
Deconstruir la solemnidad académica
La universidad moderna es hija directa del colonialismo.
Sus aulas, diseñadas para disciplinar cuerpos y mentes, siguen exigiendo obediencia. Incluso las ciencias sociales críticas, que se declaran “revolucionarias”, mantienen protocolos de escritura que privilegian el lenguaje críptico y el tono grave. Parece que la seriedad es requisito para que el conocimiento sea tomado en serio.
Pero, ¿y si la risa fuera una metodología de investigación? Imaginemos una autoetnografía que se escriba en clave de chiste, una tesis doctoral que se defienda con narración oral escénica, o un congreso donde los ponentes deban bailar salsa antes de exponer.
No es broma: es una invitación a cuestionar las estructuras simbólicas que legitiman el saber. Si descolonizar significa cambiar el centro de gravedad del conocimiento, ¿por qué no mover también las caderas?
Reír con el otro es reconocerse humano
La carcajada colectiva rompe el miedo y abre el diálogo.
Cuando los pueblos indígenas y afrodescendientes han usado el humor como resistencia, han mostrado una pedagogía que va más allá de las aulas: el humor como traductor cultural.
El payaso epistemológico, entonces, es un docente radical.
No enseña desde el pedestal, sino desde el error. Se tropieza, se equivoca, exagera sus emociones para que otros se reconozcan en él. Esa pedagogía desarma el modelo de enseñanza bancaria que criticaba Paulo Freire.
Reír no es solo terapia: es un método educativo decolonial.
Payasos en la academia: un acto de resistencia
Proponer payasos epistemológicos es invitar a los académicos a salir de su zona de confort.
La nariz roja no es solo un accesorio: es un símbolo de humildad intelectual.
Significa reconocer que nuestro conocimiento también es parcial, que nuestras teorías pueden hacer reír a otros contextos culturales, que nuestra seriedad es una forma de colonialidad.
Incorporar la risa en espacios educativos y terapéuticos no es trivial.
Es un cambio de paradigma que reconoce al humor como forma de conocimiento, a la creatividad como fuente de salud y al cuerpo como territorio político. En otras palabras, es reconocer que descolonizar el saber también implica descolonizar nuestras emociones.
Conclusión: rían, por favor
Cantinflas, filósofo popular sin diploma, decía: “O nos portamos como caballeros, o como lo que somos”. Tal vez lo que somos es más cercano al payaso que al académico. Tal vez la sabiduría está en reírnos de nosotros mismos, de nuestros títulos, de nuestras bibliografías interminables.
La risa, lejos de ser una distracción, es una herramienta de emancipación. Cada carcajada colectiva es un acto de resistencia contra los discursos que nos quieren serios, obedientes y tristes. Por eso, este artículo no pretende ser leído en silencio, sino acompañado de una sonrisa irónica. Porque si no somos capaces de reírnos mientras descolonizamos, quizás lo único que estamos haciendo es colonizarnos con un discurso más sofisticado.
Así que, panitas, el próximo lunes póngase su ropa más divertida. Y que la academia tiemble de risa.
