De César Bracamonte
Esta casa tiene tres pasados, la tragedia púrpura de un diván acaecido y de la consagración de un hombre nombrado como sitio.
No basta el pavés, ni Coraima creyéndose absoluta, por encima de la puerta se sentía imposible y antes de llegar a la muerte ya se había percatado en su presencia, utilizó el mismo corazón para desangrarse y fue el mismo del que prescindió Adolfo en su arrebato de no parecerse a su hermano mayor, quien tomó de la misma jícara y murió joven.
En las Esquinas que empatan al pasado, en un rincón reposa un sacerdote con cara ruin que vino de Granada a enseñar a leer a los más pendejos.
Por esos lados no se oye cuando llueve, cuando ventea tampoco, solo a korasmin que ladra a cualquiera sombra que considera una amenaza. El plano dice que el barrio es mujer, el piso masacrado mantiene el brillo y las huellas tienen el eco de esa noche, los bombillos son de un amarillo mortecino antiquisimo, Coraima es sorda, paridora y húmeda, tiene sus grietas completas, un balcón dónde pasa el viento desapercibido y un puesto de garage donde pasta el perro y que alquilan a veces.
La casa es roja y no se había muerto nadie hasta ahora cuando de media noche a la mañana, sintióse confundida porque hubo pedazos de Adolfo por todos lados, él apenas había aprendido a contar con los dedos y se ayudaba con la sien.
Al amanecer percibió por la endija de la puerta que al igual que Adolfo, la escalera ya no estaba, pero segura estaba de haberla dejado ahí al poner la tranca porque ya Adolfo había llegado, también la vecina gritó que no encontraba a Arístides, su mulato de turno.
Cora, como la mienta Adolfo se percató que su techo asimilaba una zaranda por el efluvio del amanecer y porque todavía el vahó de Adolfo deambulaba en el ambiente, Eduvigis llegó llorando, dijo haberlos visto correr escalera abajo (antes de desaparecer) Diogenes con una bandera y Adolfo con toda su incertidumbre, ahí fue cuando les cayó todo el peso de la noche, de la que jamás podrán salir.
Diógenes era visco y Adolfo nació sin una oreja (‘taban fallos). Coraima buscó a Korasmin por los linderos del barrio arrasado, pero al final supuso la misma suerte del amo y se sentó a mirar al horizonte aún humeante y lleno de gritos que parecen venir de Adolfo.
