En el catecismo del capitalismo tardío, el pecado capital ya no es la lujuria ni la soberbia, sino la improductividad.
Nos levantamos a las cinco para meditar con una aplicación que mide nuestra coherencia cardíaca, engullimos batidos verdes mientras escuchamos pódcasts de autoayuda a velocidad 1,5x y tratamos el insomnio como si fuera un error del sistema operativo personal.
Byung-Chul Han, en La sociedad del cansancio (2010), diagnostica con bisturí filosófico esta mutación: hemos abandonado la sociedad disciplinaria de Foucault –donde el capataz vigilaba desde fuera– para ingresar voluntariamente en la sociedad del rendimiento, donde la víctima y el verdugo habitan el mismo cuerpo.
El lema ya no es el coercitivo «tú debes», sino el seductor y violento «tú puedes». El sujeto se cree libre mientras se autoexplota hasta el colapso, convencido de que su agotamiento es la prueba reina de su autorrealización.
Pero en 1981, mucho antes de que el mindfulness corporativo y los retiros de desintoxicación digital se convirtieran en negocio, el compositor cubano Chiquitín García escribió –y El Gran Combo de Puerto Rico inmortalizó– el mayor tratado de disidencia conductual de la música antillana: «No hago más na’».
El narrador, con una honestidad brutal, declara:«Yo me levanto por la mañana, me doy un baño y me perfumo, me como un buen desayuno y no hago más na’, más na’.»Nada de tele, nada de salas.
Lo primero es el aseo, el aroma y el plato. Ya desde el amanecer, el personaje desactiva la lógica del cronos productivo: no hay agenda, no hay to-do list, no hay hackeo matutino. Simplemente, existe.
Han sostiene que la sociedad del rendimiento elimina sistemáticamente la capacidad de contemplación. Todo se convierte en tarea, en proyecto, en métrica.
El aburrimiento profundo –ese estado que el filósofo alemán considera el verdadero reposo reflexivo– es aniquilado por la hiperactividad neurótica.
El protagonista de El Gran Combo, en cambio, ha diseñado un cronograma milimétrico de la holgazanería no culposa: «Después yo leo la prensa, yo leo hasta las esquelas,o me pongo a ver novelasy no hago más na’, más na’.»
Lee hasta las esquelas –es decir, los obituarios–, pero no por morbo, sino como un ejercicio de antropología vecinal. Y si se tercia, ve novelas.
No hay ansiedad por el costo de oportunidad. Mientras el algoritmo nos exige monetizar los pasatiempos –convertir el café en microemprendimiento, la fotografía en portfolio freelance–, este sujeto caribeño reivindica el derecho a la pausa improductiva.
Desconecta la maquinaria del cálculo económico
El ciclo comer-dormir-mirar el techo no es una anomalía funcional; es una trinchera existencial donde el cuerpo se niega a ser transformado en capital humano.
Y aquí llega la perla psicológica: el descanso del protagonista no es el burnout depresivo del que no puede más, sino la risa burlona del que decidió, por pura lucidez, no empezar a correr.
Como psicólogo clínico comunitario, observo que la fatiga que atendemos en consulta suele ser solitaria, individualista y alienante; aísla a las personas en el fracaso personal de sus ansiedades.
Pero el ocio que pregona la salsa es descaradamente gozoso, colectivo y territorial. Cuando los metales de El Gran Combo explotan en el montuno, el mensaje se vuelve fiesta: no se trata del cansancio que duele, sino del no empezar como elección política.
Uno de los pasajes más brillantes es el momento en que el narrador, después de su siesta de dos horas (o más, según la letra), se asoma a la calle:»Luego me voy al balcón,cual si fuera un gran señor,a mecerme en el sillóncon mi mujer a platicar».
No hay vergüenza, no hay disculpa
La modernidad eurocéntrica nos impuso la narrativa del sacrificio: el cuerpo del Sur Global solo adquiere dignidad ontológica a través del sudor, la maquila o el turno nocturno mal pagado.
El mandato colonial dicta que quien no produce es un parásito moral. El Gran Combo subvierte este dispositivo desde el balcón. En lugar de internalizar la culpa del desocupado –esa vergüenza que los manuales de autoayuda explotan para vender resiliencia–, el protagonista mira a los transeúntes apresurados con una mezcla de compasión y socarronería.
No romantiza la miseria ajena, sino que expone el absurdo de la carrera de ratas: la multitud corre hacia el tajo mientras él mastica un bistec con papas fritas y ensalada. Desnuda la gran estafa del rendimiento: trabajar incansablemente para enriquecer a otros mientras el propio tiempo vital se evapora en el transporte público.
El coro final, ese «¡Qué bueno es vivir así, comiendo y sin trabajar!«, no es una provocación vacía; es un mantra de salud pública. Porque, desde la psicología comunitaria, sabemos que el apoyo social y el tiempo compartido son factores protectores frente a la depresión.
El protagonista no está solo: tiene su mujer, su sillón, su guitarra y su conversación. El aislamiento del rendimiento –ese estar siempre conectado pero siempre solo– es reemplazado por la trama vecinal, el chisme, la mecedora compartida.
Hacia el montuno, la letra remata con una declaración de principios que haría palidecer a cualquier consultor de RR.HH.:»Señores, si yo estoy declarado en huelga, ¡sí!¡Mi mujer que me mantenga! ¿Oíste?».
La ironía es tan gruesa que duele
El personaje se declara en «huelga» vital, pero no como un mártir, sino como un sujeto que ha comprendido que la productividad es un relato fabricado para extraer plusvalía hasta de los sueños.
Incluso añade: «Recibiendo la pensión por loco, de loco yo no tengo na’, ¡listo que soy!». Y ahí está la clave: la cordura de no dejarse atrapar por el diagnóstico psiquiátrico del desorden del trabajo, sino reivindicar la pereza como inteligencia práctica.
A menudo se tilda a la cultura caribeña de indolente desde la mirada del PIB. Lo que esa mirada miope no ve es que, en territorios históricamente saqueados por el capital extractivista, la negativa a dejarse devorar es una forma refinada de autopreservación.
El burnout es una enfermedad de ricos y de pobres que aspiran a ser ricos; la siesta, en cambio, es una tecnología de resistencia popular. El psicólogo clínico que escribe esto ha visto demasiados ejecutivos con insomnio y demasiados obreros con dolor de espalda como para no aplaudir al personaje de El Gran Combo cuando suelta: «Yo nunca me canso de descansar«.
«No hago más na’ » nos recuerda que el verdadero lujo del siglo XXI no es el último smartphone ni la insignia de productividad en una app. El verdadero acto de insubordinación consiste en apagar las notificaciones, tenderse en la mecedora y, con una sonrisa displicente, dejar que el mundo corporativo se consuma en su propia fatiga.
Byung-Chul Han nos advierte que la sociedad del rendimiento genera depresos y fracasados; El Gran Combo nos ofrece la antítesis: la comunidad del que se niega a rendir cuentas, elplacer de la pausa compartida.Así que, querido lector, la próxima vez que sienta la urgencia de optimizar su tiempo, recuerde al héroe salsero.
Levántese, báñese, perfúmese, desayune. Lea los obituarios, vea novelas, duerma dos horas (o tres). Y cuando el mundo le pregunte por sus metas, conteste con la única frase sensata: «No hago más na’».
Su salud mental –y su comunidad– se lo agradecerán. Porque, como bien cantan los metales, el descanso no es un premio al final del camino; es el camino mismo, y es dulce, y es nuestro.
