Volando con sus aves, regresó el amigo José Luis Reyes; esta vez la naturaleza con su fáctica esencia, no lo quiso evitar. Habría sido inútil, pues el artista surcó los aires en el recuerdo de familiares amigos, quienes acobijados del sol caribeño, lo esperaron en la Biblioteca Pública del Estado María Calcaño de Maracaibo.

La crónica estuvo a cargo de sus entrañables hermanos de la vida, Ender Colina y Alexis Blanco; ambos, honrando ancestrales culturas, asumieron el pasaje como el segundo velorio Wayúu, para quien en efecto, se había ido hacía seis años, abatido durante la pandemia.

Ender Colina recordó que Jose Luis vivía en un castillo larense en la comarca de El Empedrado, «donde se atrincheró para pintar, pensar, leer… Todo lo que José Luis era: la soledad, su silencio, la montaña, todo eso el universo, allí, se lo regaló».

Paola, Camilo, Fabia y Luciana, esposa, nietos e hija, acompañaron a los presentes en la biblioteca pública maracaibera, dejando atrás, aquellos días de tristezas y confinamientos covidianos, dándose la posibilidad del reencuentro entre José Luis, su familia y sus amigos.

Alexis Blanco, hizo un llamado a la «concietación», abriendo los ventanales para que los trazos del recordado artista, se montaran sobre las notas liberadas a los vientos de fuego de la zuliera, con dos extraordinarias ejecutantes de la música.

La flauta de Renatela Zambiaia y la guitarra de Claudia Roncayolo, trazaron los caminos invisibles por donde Romer Urdaneta se paseó tomando las manos de Garcia Lorca y una a una, fueron transhumando las obras de José Luis, recorriendo sus pasos a pincel puro, desde 1985 hasta el año 2017.

Valen la pena tomar esos vuelos en alas de palomas blancas, negras, azules, naranjas como aquellos atardeceres de Lara, como los que pintan los cielos en las infinitas estepas Wayúu, o los dmque se dbujanen el crisol petrolero su Cabimas natal.
José Luis Reyes, entero, está al resguardo para la ocasión en la casa de María Calcaño, en las orillas del Lago de Maracaibo, ahí, en la orilla de la avenida El Milagro, anidando entre libros, colores y amores.
Fotos: Nelson Sánchez
