Corazón, fuego y escuela: Beatríz en el corazón de El Saladillo

Cultura

La vieja Beatríz, como le dicen cariñosamente en la cuadra, en una semana cumplirá noventa años.

Por las tardes, con la puesta de sol, suele sentarse en una antigua silla dormilona (o sillón dormilón), silla que, según su abuelo, perteneció en algún momento al General Rafael Urdaneta.

Nadie recuerda cómo llegó a la casa, pero allí se sienta Beatriz, como se sentaba su madre, Coromoto, y antes, su abuela, Eloína.

Beatriz, desde su trinchera de descanso, escucha el tenue repicar de las tamboras, los furros y, en las voces de los gaiteros, aquellos versos coloridosque tanto ama.

Eran tiempos en que la gaita rebelde le cantaba al trabajo, a las desigualdades sociales, al Lago, al daño a la naturaleza, a las costumbres de los campesinos, a la familia, a los personajes, a los patinadores.

La consentida anciana disfruta del horizonte, del cielo despejado y de la brisa que el Lago trae para refrescar la tardemarabina.

Así como la noche llega, el puerto se va silenciando, pero en la calle, en su calle, inicia la algarabía del dominó, de bullicio, de chistes y noticias, algunas recalentadas. Beatriz se siente felíz en este mundo de gente conocida.

La abuela nunca ha salido del Saladillo; alli está su vida y su regocijo, todos la conocen y ella los conoce a todos, creció con ellos y a otros los ha visto crecer Beatriz sabe de hierbas, de sobaduras de clima, y puede decir con certeza a gué hora lloverá durante el amanecer gaitero. También es partera y ha recibido más niños que el hospital.

Como si fuera poco, sus hallacas son las favoritas entre la familia y muchos dicen que son las mejores de la ciudad.

Ella trajo al mundo, con su propio vientre, como suele decir ella, catorce muchachos, y la cuenta va por cincuenta nietos y un montón de bisnietosa los que ella confunde sus nombres, pero no sus rostros.

Es jueves, pasadas las cinco de la tarde. Beatriz se mece al ritmo de una suave, antigua y conocida brisa lacustre.

Un rumor como ola de ventarrón agita la paz de los vecinos; y a los amables oidos de Beatriz llega la fatal noticia:《El presidente Rafael Caldera ordenó la destrucción del Saladillo.

Beatriz llena sus ojos de tristeza, su voz se ahoga y, como un reloj al que se le acaba la cuerda, sucorazón se detiene. Beatriz jamás salió del Saladillo.Maracaibo.La piqueta le cayó…

Por Rafael Contreras

Dibujo: Rafael Contreras