Por Juan Carlos Guillén
La rojiza tea que arde a cada jalón chamánico, que dan nuestras mujeres tabaqueras, hijas de Salem y de María Lionza, inspiran y dan cuenta del parte humano, a lo ancestral.
La casualidad no tiene espacios en el humo de olor dulzón, a veces gris, a veces blanco, a veces cenizo… humo que se mueve como las almas que vuelan alrededor de los seres que, en este plano, aún permanecen.

Leer el tabaco, es hilvanar respuestas infinitesimales del alma que, como las cenizas, van cayendo al capricho de lo esotérico, lo sobrenatural, pero de profunda raigambre cultural nuestra americana.
Porque no es el humo lo que te hace llorar, más bien son las culpas y en la mayoría de las veces, son las alegrías que saltan, convirtiendo en gotas felices, todas las incertidumbres.
Fotos: Nelson Sánchez

