Por Gustavo Colina Vargas
Ana Exidelia era una adelantada a su época; puedo considerarlo ahora, después de tanto tiempo.
Supo ella que el futuro de la «música» estaba tan cerca que olía a jabón ultraespumoso de los sábados por la mañana.
Ese sonido de chaca-chaca continuo era una recreación escato-ruidosa del bajo continuo barroco.
Era sabia la vieja. Eran los ochenta; ya la radio estaba medio hedionda, pero no tanto como hoy.
Cuando terminó de lavar y retejer la historia de la música a través de los hoyos de las pantaletas y las medias, me sujetó el brazo, me llevó al retrete, le dio a la bomba y me dijo:—Tavito, eso será el reguetón y el trap.Olimos ambos aquello que estaba allí y, de una, nos vimos la cara.
Ella dijo con cierto desdén:—Ese mojonero que ves irse por la poceta son los cantantes y compositores de esos géneros que vendrán después, cuando me haya ido y tú estés grande.
Nos sacudimos la nariz y seguimos el ritual familiar del sábado por la mañana.
Mi abuela Ana tenía razón.