CELIA CRUZ Y LA TIRANÍA DEL CARNAVAL PERPETUO

Opiniones

Dr. Elías González Mendoza

Mucho antes de que los gurús del emprendimiento y los coaches ontológicos nos secuestraran las redes sociales con tazas de café humeante y frases prefabricadas sobre cómo «el universo conspira a tu favor», una mujer cubana de pelucas estratosféricas ya había patentado el modelo definitivo de la positividad tóxica. Y lo hizo, para colmo de males (y de bienes), a 104 beats por minuto.

Si sometemos La vida es un carnaval al rigor de la lupa psicológica, despojándola por un instante de su indiscutible genialidad rítmica, lo que emerge no es un inocente himno de superación personal. Lo que tenemos delante es un sofisticado manual de reestructuración cognitiva y control sistémico; la obra cumbre de la resiliencia obligatoria.

Desde el constructivismo radical de pensadores como Paul Watzlawick y Heinz von Foerster, entendemos que la realidad no se descubre empíricamente, sino que se inventa a través del lenguaje. La primera estrofa de esta canción es, en sí misma, una aplanadora epistemológica: «Todo aquel que piense que la vida es desigual, tiene que saber que no es así, que la vida es una hermosura, hay que vivirla».

Observemos la audacia de la maniobra. Celia no baja a consolar al oprimido; decreta por autoridad de la clave, la abolición perceptiva de su problema. La desigualdad social, la crisis económica o el desengaño existencial son hechos, pero la instrucción aquí es sustituir la realidad de primer orden (el desastre evidente) por una de segundo orden (el carnaval obligatorio). Se le exige al individuo construir un paraíso mental, aunque esté bailando, literalmente, sobre los escombros de su propia biografía.

La solución intentada fallida

Aquí es donde la Escuela de Palo Alto se frota las manos. El histórico estribillo «Ay, no hay que llorar / que la vida es un carnaval / y es más bello vivir cantando» es el ejemplo de manual de una solución intentada que, paradójicamente, empeora o perpetúa el problema.

En terapia sistémica sabemos que cuando se prohíbe el síntoma, este rara vez desaparece; por lo general muta, se enquista y cobra intereses de mora. Al recetar la alegría inquebrantable como única respuesta aceptable ante la desgracia, el sistema positivo genera un doble vínculo perverso. Si sufres una pérdida y lloras, fracasas; si te pones la máscara y finges que tu vida es una carroza de comparsa mientras te desmoronas por dentro, terminas alienado de tu propio dolor. Cantar para no llorar, no cicatriza la herida, simplemente la pone a sudar en la pista.

Todo sistema humano busca mantener su equilibrio. En el ecosistema del trópico, el duelo prolongado o la queja legítima amenazan con desestabilizar la fiesta. Por tanto, el célebre grito de «¡Azúcar!» no opera como una simple interjección de júbilo estético; es un estricto mecanismo de control cibernético.

Cuando un individuo amenaza con arruinar la atmósfera exponiendo su neurosis o su miseria, el sistema le inyecta una sobredosis glucémica sonora para forzarlo a volver a la norma. No te permitimos estar mal, porque tu malestar nos recuerda que el nuestro también existe, y eso arruina el pacto social. El azúcar funciona aquí como el Valium del Caribe: edulcora la tensión y nos mantiene funcionales frente a la precariedad.

El absurdo lógico de esta propuesta, radica en la propia naturaleza de su metáfora. Un carnaval, sociológicamente hablando, es una ruptura temporal del orden establecido; una válvula de escape efímera donde las jerarquías se invierten por unos días para que la olla de presión social no estalle.

Pero intentar que la excepción se vuelva la regla, afirmar que la vida es, en su totalidad, un carnaval agota irremediablemente los recursos psíquicos de cualquier comunidad. Sostener la máscara de la algarabía ininterrumpida es un mandato que paraliza. Quien vive en una fiesta perpetua no se organiza para cambiar las reglas de su entorno, simplemente pide otra copa al cantinero.

Celia Cruz nos legó una joya musical irrepetible, un portento que vivirá para siempre, pero también nos tendió una trampa maestra con sección de metales. Al decretar que las penas «se van cantando», nos entregó la prescripción del síntoma más seductora de nuestra cultura: la obligación de ser felices a pesar de nosotros mismos.

La próxima vez que suene este himno y usted sienta la presión social de levantarse a celebrar su propia desgracia, reconozca la paradoja, sonría con ironía y, si quiere, baile. Pero sepa que estamos ante una matriz que ha decidido que la mejor intervención frente a la tragedia no es el cambio de las estructuras, sino subirle el volumen a la trompeta. Porque en el constructivismo radical del barrio, si la realidad te golpea de frente, el problema no es el golpe; el problema es que te saliste del ritmo.